EN EL NOMBRE DEL PADRE

El pibe siguió los pasos de su viejo, debutó en Chicago y pasó a Unión San Felipe de Chile. Heredó la pegada y la profesionalidad, hoy juega en Europa. Una historia que se escribe con D, de Daniel y David Distéfano.

Daniel y David con la verdinegra, la camiseta de la familia.

Dos vidas con un mismo destino. El camino elegido por padre e hijo fue trazado por la pelota. Esa que les permitió unirse en una relación inseparable jugando en la calle o en una playa durante las vacaciones. El fútbol representa, como para millones de familias, un regalo eterno para el corazón de ambos. “No hay alegría mayor que un hijo haga lo mismo que un padre. Es una continuidad de uno”, relata Daniel (61 años). La familia Distéfano se asentó en Villa Madero, vecinos de Mataderos y cercanos a Chicago. 

El 27 de enero de 1952 nació Daniel. Se destacó en los potreros por su velocidad, y empezó a jugar desde pequeño en el club. Cuando terminó la secundaria decidió ser futbolista. Debutó en Primera el 6 de noviembre de 1971, en la victoria (4-2) frente a Defensores de Belgrano. En aquella jornada, que jugó por una huelga de los profesionales, metió un gol. “Los jugadores éramos socios del club. Nos dejaban usar la pileta olímpica”, resalta con una sonrisa. A los pocos segundos cuenta: “Teníamos contacto con la gente, mis compañeros iban con su familia. Ahí empieza el cariño con los hinchas. Yo la pasé bien en Chicago. Nunca me voy a olvidar cuando jugaba en la Tercera y el club me compró los botines. ¡No sabés qué emoción, me quería morir!”.

David Andrés Distéfano vio la luz el 10 de julio de 1987. El primer contacto con un club llegó a los 7 años, en Boca y de casualidad, gracias a su padre: “Estaba haciendo el curso de técnico y tuve que realizar un ejercicio en el predio La Candela, donde entrenaban las Inferiores e Infantiles de Boca. Lo llevé a David y se puso a patear, a mis espaldas, mientras charlaba con Mané Ponce y "Rojitas". Entonces, me dicen ‘mirá ese zurdito cómo le pega a la pelota`. Y les dije que era mi hijo y me propusieron que lo llevara a probar. Lo pusieron de 10, y él no tenía idea de qué jugar porque sólo jugaba en la calle, nunca lo había llevado al papi. A los diez minutos les gustó, preguntaron por el padre y me dijeron que lo querían fichar”

Desde que arranqué fue mi consejero. Nunca ejerció presión sobre mí. No era de esos que gritaba, siempre se comportó con tranquilidad. Después me aconsejaba en casa”, describe el volante. Entre esas recomendaciones, hay una que marcó su infancia: “Es un juego, divertite y si los disfrutás vas a jugar mejor. Cuando seas grande lo tomás como una profesión”. El “Torito” quedó libre del Xeneize y fue a jugar al equipo del barrio, por sugerencia de Daniel: “Me siento propio de Chicago. Tengo amigos que jugaron y juegan en el club, familiares que son hinchas y mi viejo. Llegué a los 15 y debuté a los 21”.

“Estaba más nervioso que el día que debuté yo. Es porque uno no puede resolver, debe mirarlo de afuera. Para mí no tiene explicación lo que viví. No podía creer lo que estaba pasando. ¡Verlo con la 10 de Chicago! Nacimos acá, todos los parientes estaban en la platea. Es un regocijo, cumplimos un sueño que no esperaba”, recuerda, con emoción en los ojos, Daniel. El estreno de David se produjo el 25 de octubre de 2008, en la victoria (2-1) frente a Sarmiento de Junín, que venía puntero. A la semana la rompió contra Merlo (2-1) y marcó un golazo. De allí en más comenzó una carrera con puntos altos, que lo llevaron a jugar a Unión San Felipe de Chile, donde su viejo fue figura en 1975: “Allá es muy querido, todos me decían que era su hijo. Para mí es un orgullo”.  

Entre tantas similitudes hay diferencias. El carácter de ambos es una de ellas. “Hace relaciones públicas. Es simpático y yo soy más reservado y tímido. Me gustaría tener esa cualidad de él, pero soy de perfil bajo”, aclara entre risas David. Cuentan los vecinos del barrio que heredó la forma de ser de Delia, la mamá. La otra particularidad que los difiere es la posición en la cancha y la pierna hábil. Daniel fue un wing derecho eléctrico, y su hijo un volante zurdo pensante. Aunque, ambos, coinciden en otra característica: “Le dejé el profesionalismo y la dedicación por el fútbol. La otra es la pegada, porque siempre le pegué bien a la pelota. Y él lo sacó de mí. ¡Los goles de tiro libre que le hizo a Atlanta y Flandria! Otro golazo a Sarmiento en Junín”. Por su parte, el “Torito” nos confesó: “Siempre hay algo neto de uno, que lo lleva adentro. Me enseñó a perfilarme y a colocar el cuerpo, me desafiaba en la calle o en la playa. Así que podemos decir que la pegada me la dio mi viejo”. La historia de ellos es un ejemplo de las miles que existen. Por eso, agradecemos a los padres por brindarnos el amor hacia la pelota, las recomendaciones y enseñanzas, y el cariño a una camiseta. ¡Feliz día!

-Autor: Fabián Rodríguez.
-Agradecimiento especial a la familia Distéfano.
-Edición de foto: Daiana Vitale.

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