EXPEDIENTE Nº 0018: GABRIEL KINJO


“¿Te acordás del japonés que jugó en la época de Walter Marchesi?”, le pregunta un hincha a otro. Es un diálogo típico de tribuna, en ésos momentos donde se aglutina la memoria colectiva. Sin embargo, aquellas charlas a veces arrastran errores por la reiteración de un dato falso o por carencia de información verídica en los medios de comunicación. En este caso, Gabriel Kinjo, el “japonés” que vistió la camiseta verdinegra en la temporada 1999/2000, nació en Unquillo, Córdoba. Sus padres son nipones y los rasgos hereditarios lo encasillaron en el reconocimiento popular. Los lazos con "la tierra del sol naciente" son tan fuertes que decidió radicarse en 2008. 

Gabriel se incorporó a Chicago con muy buenos antecedentes en Colegiales: convirtió 14 goles (un par en las finales con Ituzaingó) en la campaña del ascenso a la B Metropolitana. “Se dio a través de un empresario que me comentó que había una posibilidad”, nos describió a 20.000 kilómetros de Mataderos y con 12 horas de diferencia. En aquel momento, el club atravesaba una crisis económica que produjo atrasos de hasta seis meses en el pago de los salarios. Ante ese escenario, se apostó a Walter Marchesi y se armó un plantel repleto de pibes (Ariel Borda, Facundo Argüello, Adrián Fernández, Flavio Frangella, entre otros), combinado con jugadores de experiencia (Damián Castellanos, René Kloker y Claudio Arrebillaga), más algunos refuerzos (Ariel Codina, Gabriel Casas, Christian Ferreyra, Leonel Casiano y Brian Fuentes). 

"Mi mejor partido fue en el 1-1 con Morón".

El torneo empezó el 14 de agosto, con un empate (0-0) con Tigre, pero Kinjo había jugado hasta el 24 de julio para el Tricolor de Munro: “Me costó físicamente al principio. Venía muy cansado del campeonato largo que se había hecho por el Octogonal de la C. Llegué fusilado. A las pocas semanas me desgarré y eso me costó no jugar en la primera rueda. Yo dependía siempre de una buena pretemporada para rendir y lesionarme enseguida me mató. Sentía que estaba sin fuerzas, sin la velocidad que tenía cuando jugaba en Colegiales”. Una vez que se recuperó y pudo entrenarse a la par del plantel, recibió la confianza de Walter Marchesi. Debutó como titular el domingo 5 de febrero del 2000, por la 19ª fecha, en la victoria (1-0) ante Central Córdoba en la cancha de Deportivo Español (el estadio del Torito estaba clausurado):  “Tuve varias situaciones y creo que cumplí un buen partido. El cual ganamos con gol de Carucha Fernández”.

Fue una temporada compleja en todos los aspectos. El promedio acechó y se llegó al último encuentro frente a Arsenal, en el estadio de Lanús, con la posibilidad de descender a la B Metro. El delantero recordó la salvación con el gol de Argüello, que le dio el empate 2-2 a pocos minutos del final: “Habíamos tenido buenos partidos, pero no pudimos ganar algunos clave como el 0-0 con Español de local. Si les ganábamos era otra historia. Tuvimos muchas situaciones para convertir y no se dio. Es más a mí me hicieron un penal clarísimo que el juez (NdeR: Rafael Furchi) no lo cobró. Tal vez ahí se definía el partido, y como sólo empatamos tuvimos que sufrir hasta el final. Uno nunca piensa en lo peor, siempre creí que podíamos salvarnos, y por suerte así se dio”. Durante su estadía jugó 11 partidos, convirtió un tanto frente a Quilmes (2-5) en Mataderos, y fue expulsado frente a Platense (0-0) en Vicente López: “La hinchada de Chicago es muy fiel. Me acuerdo del banderazo que hicieron antes del partido con Arsenal. Había gente llorando, muy emocionada. Es algo increíble y eso te contagia”. Aún mantiene contacto con sus compañeros de aquel plantel, fue a verlo en Primera y está al tanto de lo que ocurre. 

La 9 del Dezzolla Shimane, de Hiroshima, fue de Kinjo.

Instalado en Japón, hace cuatro años fue papá de Hiroki y trabaja con los pequeños nipones: “Estoy en escuelas de fútbol de Tokio. Trato de inculcarles a los chicos un poco del fútbol argentino. Acá los pibes en general tienen muy buena técnica, pero son muy pasivos, les falta más garra”. Hoy, en su cumpleaños 40, continúa con el vicio de gritar goles: “Cuando llegué vivía en Hiroshima y ahí jugué en Dezzolla Shimane, que pertenece a la prefectura. Vendría a ser como la "C" en Argentina. Jugamos la Copa del Emperador y el campeonato regional. Ahora juego en la Primera de la liga de la prefectura de Kanagawa (hay cuatro divisiones) con ex jugadores de la liga japonesa. Sería como el Argentino C". ¿Qué diferencias encontró con nuestro fútbol?: “No son de improvisar , de agarrar la batuta, tirar un caño. Hay muy pocos de ésos. Acá son más metódicos, mecánicos, les falta mayor picardía. Los jugadores cuando salen en un cambio se ponen de frente a la cancha y hacen la reverencia agradeciendo a la cancha. ¡Sólo en Japón! Ja”.

“Lo que más cuesta es estar tan lejos de Argentina. Se extraña mucho. Más que Japón es un país muy trabajador, la vida se hace monótona y rutinaria. A veces tengo ganas de tomar una cerveza o unos mates con los amigos y en el barrio”, relata. Al mismo tiempo destaca las virtudes del país asiático: “Tenés todo al alcance de la mano. Es muy seguro y como tenemos dos hijos es fundamental para estar tranquilos. Más allá de los terremotos y problemas de radiación que sigue habiendo en el noreste del país”. Por último, dejó un mensaje de sus vivencias en Hiroshima, ciudad que fue devastada por la bomba atómica que lanzó EE.UU el 6 de agosto de 1945, causando 140.000 muertes: “Ahora es una ciudad impecable, muy modernizada. Contrasta con el monumento, que es un edificio que quedó en pie después de la bomba y está tal cual: en ruinas. El museo de la bomba atómica es impactante. Es una ciudad que merece ser visitada, para tomar real conciencia de lo que es capaz de hacer el hombre y la energía nuclear. Y pensar que lo volvemos a vivir con Fukushima…”

-Fotos: Vamos Cole y archivo personal de Gabriel Kinjo.
-Agradecemos a Gabriel por su atención.

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